"This is not the sound of a new man or a crispy realization. It's the sound of the unlocking and the lift away. Your love will be safe with me."

miércoles, 22 de junio de 2011

Precipicio finito.




Estaba al borde de ese puente. No sé mucho de altura ni longitudes pero la distancia era la suficiente para matarte o sin con fortuna corrías, dejarte parapléjico de por vida. Sus amigos me llamaron como última alternativa. Habían intentádolo todo, habían ido gente muy allegada a él; ni siquiera el amor incondicional y supremo de su madre lo había hecho cambiar de postura. ¿Por qué venían a mi? Tal vez porque soy paciente cuando de hablar se trata. Y en estas situaciones aún más. Es una vida la que está en juego. Nunca había tenido problemas con ellos, ese puede ser otro motivo. Era muy reservado con mis palabras. No hablaba si no era necesario; y cuando era necesario a veces no sabia qué decir.

Me acerque a él. Su nombre es... empieza con vocal y termina con vocal... dejémoslo así. Un joven adolescente como cualquier otro: extrovertido, retozón, que gusta de trompas, tiene su banda de rock, no logra zanjar sus objetivos y con un ímpetu glorioso que provee esa bendita edad. Aquellas características que se convertían en su motivo de escapatoria suicida, en su rechazo a seguir viviendo para siempre fracasar.

Buenas tardes. Espectacular visión has escogido. - Dije-

No hay nada como ver el ocaso del día. - Respondió- Sonreí de manera recíproca. Él tenía razón.

Añade los insignificante que se ve la gente. Ahora sé el panorama que podría tener Dios. -No soy un persona religiosa pero es evidente que desde las alturas la superioridad se siente. - Dime -continué-, ¿algunas vez has tenido el dominio sobre la gente?.

Bueno, cuando toco con mi banda puedo sentir como la gente se enciende, como somos el centro de atención. Es algo que no deseas soltar jamás. - Respondió él con ilusión.- Sus ojos irradiaban una luz, un brillo de añoro, de trascendencia.

Alguna vez me gustaría escucharlos. Soy fanático de la música. - Respondí.- Pero si sigues allí me temo que el único lugar al que iré es a la funeraria. Y créeme, odio ese silencio escabroso.- Añadí.-

¿Te han mandado como última alternativa, no?.

Sí.

Ja... - por primera vez voltio a verme, como un peleador identificando a su oponente - no cabe duda que me quieren pero no entienden.

¿Qué no entienden?.

Él inclinó la cabeza. El viento lo embistió pero no se inmuto. Permaneció un rato en silencio, tomándose su tiempo para que las palabras llegasen. Y cuando estas, cual lagrimeo arbóreo listo para despojarse de sus hojas, llegaron, profirió:

Alguna vez has sentido que la vida se oxida, que los días expiran y no hay a donde mirar, a quién acudir, a quien abrazar, con quien llorar; no hay libertad, moral y transparencia más sí hiprocresía, supercherías y represión; que las miradas son dagas de iniquidad de gente envarada que se lava sus manos sucias a costa de la Eucaristía; que este mundo se desinfla y es mejor tomar la salida antes de ser consumido por la ira que perturba mi auto estima.- Concluyó.-

Al tiempo que lo hizo, incliné mi vista para ver como el vértigo me hacía compañía. Levante la vista y mire a mi lado derecho y guiñe el ojo a los que con estupor inmóviles estaban. Subí mi pie derecho al borde donde él valiente y decisivo se sostenía. Inmediatamente, mi pie izquierdo seguiría. Me puse a su lado. El seguía firme, mirándome de reojo cauteloso. Lo abracé con mi brazo izquiedo y susurré:

¿A qué hora nos vamos?

Él volteo por completo. Después soltó una carcajada y pronunció:

¿Vamos? Eres demasiado blando. Sé que no te lanzarías. No tienes el coraje de la circunstancia.

Callé, dejando que saboreara el néctar de sus palabras, y después aduje:

Y veo que tú tampoco. Llevas aquí una hora. ¿Sabes qué significa eso? Quieres vivir. Quieres seguir adelante aun y cuando tu panorama se estreche, aun y cuando el carmín del ocaso permanezca por siempre, aun y cuando la vida te estruje. ¿Sabes qué sé yo? La muerte no es un juego de adolescentes.

Un mutismo prolongado aterrizo. Sólo el viento continuaba alebrestrado, como queriéndose llevar sus intenciones, sus temores. Ambos miramos al horizonte, el infinito que pronto tomaría un color ennegrecido. Al cabo de un rato, volteó diciendo:

Como no he traído mi cámara. Esta postal es de galardón.

Sonreímos. Supimos que ese intento abrupto de escapismo había finalizado.

Aquel día lo tengo muy presente. Aveces la gente cree que la ponzoña y la zozobra están ahí interviniendo en su andar, en su desarrollo. No es así. Eso es lo más meritorio de la vida. Llegar un día y decir: Yo sobreviví del deslave. Esa medalla no te la quitas nunca.

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