"This is not the sound of a new man or a crispy realization. It's the sound of the unlocking and the lift away. Your love will be safe with me."

jueves, 9 de octubre de 2014

(...)

Si Dios quiere…

Si Dios quiere dejaré la duda por la certeza de un día donde el sol ha de brillar con tal algarabía que mis brazos se harán elevar.

Si Dios quiere cambiaré todos esos quizás por algo más físico, algo más real; algo donde mi cuerpo interactúe y no sólo mi mente se eche a volar.

Si Dios quiere algún día dejaré solo el relieve de mis palabras para revestirlas de todas esas miradas y antonomasias que me regalabas con peculiar gracia.

Si Dios quiere el lenguaje del mundo será el silencio y entonces tú y yo habremos hablado a cada momento.

Si Dios quiere llegaré a la cima de mi vida donde la pasión desmedida de cada paso y cada rastro congelado harán de las heridas evidencia de vida y hotel de paso.

Si Dios quiere el canto entre los árboles y la luna tan pletórica y llena de alegría encantaran mis sueños para que asciendan de entre la marea prohibida.

Si Dios quiere un día iré en contra de toda tanatología y sacudiré la tierra de mis hombros y rodillas.

Si Dios quiere llegaré un día a tu puerta y dejaré una nota que diga “déjala entreabierta”.

Si Dios quiere cerraré mis pestañas y soplaré a la luz a través de mi ventana deseando que no se apague la llama.

Si Dios quiere…

domingo, 20 de julio de 2014

El drástico: paso siete de siete

Deberíamos de tener derecho a morir al menos una vez al día. Así veríamos la vida en 360° y no en 365 días. Deberíamos... pero la vida es tan tentadora por lo que viene. Un hombre toma una moneda en su mano y la lanza cinco veces; acto seguido, anota el lado que ha tomado. A este método le ha llamado la estafa del destino. Según él, no hay poder en este mundo que después de ser alterado cinco veces siga corriendo por el mismo lado. Lo que es una realidad, es que las cosas ya no son las mismas desde el primer volado. "Pragmáticamente hablando, una moneda es lo mejor para decidir si comprar helado de vainilla o napolitano; no para definir el futuro inmediato", resume un amigo al descubrir que una moneda no solo paga la cuenta sino también te saca de líos. Y después de tantos azares, ¿qué es el día siguiente? "Una píldora anti-aborto capaz de convertir toda metida en una forma continua de esperanza", define un médico frustrado recurrente en bares y zócalos locales.

¿Qué es un buen augurio? "Un balón en el larguero, una moneda de diez pesos en la máquina expendedora de Coca, un condón, el periódico de hoy, la última cerveza del refrigerador, la prueba contundente de que la suerte también tiene mal olor: pisar excremento de perro mientras uno camina sin preocupación", enumera un enajenado visitante de casinos al preguntársele por qué lleva un muy ajado babero consigo. En mi bolsillo, la última moneda de diez, y esta vez, no sé si lanzarla a la fuente como Fernando Platas tras salir del trampolín o depositarla en aquella máquina malhadada víctima de mentadas y una que otra patada. No cabe duda que uno es dueño de su destino y a esta moneda no le queda otra que dar su mejor pirueta.

domingo, 13 de julio de 2014

El drástico: paso seis de siete

"Antes los locos eran locos, no obstinados como los de hoy", afirma mi abuelo en una de sus ya típicas reuniones de fósiles del ex-Sector 22. Entre muchas otras cosas, su propósito ulterior es maldecir al mundo por la vejez que les proscribió. Unos más conscientes que otros pero todos bajo el mismo rencor. "El hombre es el animal del hombre", explica un veterinario que acabó por tomar un curso de psicoanálisis freudiano. Como si ser ortodoxo no fuese demasiado. "Antes el amor eran flores y serenatas; ahora estos hijos de la chingada se la pasan embarazando chamacas", vitorea el más provecto del grupo y quien más hijos tuvo de todos sus compañeros juntos. Si la vida no fuese suficientemente irónica, también es canosa.

En la esquina, unos adolescentes pasan en patinetas como homenaje a aquellos revolucionarios a caballo. Los tiempos han cambiado aunque sus símbolos se mantienen intactos. Un joven, quizá fenicio, quizá egipcio, deja un mensaje en la pared; una joven, quizá amazónica, quizá bora bora, se muraliza de la cabeza a los pies. "En nuestros tiempos, nos sobraba amor y no juegos de vídeo", concluye el adicto a la penicilina, el tango y al ajedrez recordando que en sus tiempos de bohemia y mocasines en los pies, lo más cercano al entretenimiento era El Último Mohicano y Lobo Estepario. "Se nos va la vida, Joaquín, se nos va y no deja recado", culmina el más longevo de este cónclave al tiempo que las reinas, caballos, torres y peones se distribuyen en el tablero para una última partida entre perdedores.

El drástico: paso cinco de siete

"Uno puede hacer dos cosas con el odio: convertirlo en un Picasso o dejar que, como el mar, te lleve de a poco al fondo", comenta un escritor de media tinta que resignó su sueño de escribir la novela de su vida por casarse con el amor de su vida; en un acto vivencial. La lluvia tenue y el olor a arroz a la jardinera hacen del día una oda al ascetismo; salir de la casa sería un crimen existencial. En la esquina, se cocina una escena primordial en este cortometraje kamikaze: una mujer deja caer un ramo de rosas para en el aire tomarla con una zurda privilegiada y mandarlo mucho a la fregada como Maradona o Burruchaga; una jugada que se esperaba con pelota controlada en la Arena da Baixada y no en la esquina de General Colón y Lerdo de Tejada. No cabe duda, que el amor como el fútbol exalta las pasiones y rompe corazones.

"Cómo jugar ajedrez en un iglú", titula el diario local un artículo sobre inteligencia emocional. En la página siguiente, se habla del reciente divorcio de una celebridad de tal manera que fue necesaria un par de planas para ondear en esta tragedia mundana muy de la parafernalia. La felicidad es una hoja en blanco. Y frente a mi, la posibilidad de ser feliz. "Escribir con tinta roja es de mala educación. Aún más o peor no sangrar lo más mínimo", reflexionaba mi profesor a la hora de los ensayos. ¿Existe algo mejor que el silencio de madrugada? Quizá solo aquella veladora desamparada que estalla en una celebración de nostalgia desaforada. "Mi problema con la muerte es que cuando llega uno ya va de salida", ironizaba un miembro lejano de la familia que solamente veíamos en funerarias o tras pagar la fianza penitenciaria. La adversidad es una humanidad entrecomillada.

El drástico: paso cuatro de siete

La nostalgia es una resbaladilla vacía y un columpio que ni el aire mece; y en esta tarde de domingo, su aura está presente entre nosotros. "Esto es un funeral y en cualquier momento sera la incineración", comenta un hombre recargado a un poste al tiempo que el semáforo en verde cobra su primera infracción: alguien ha creído que su aparición es señal de fortuna y ha pisado el acelerador. "La velocidad es lo que tiene a esta ciudad jodida", comenta un padre de familia cuyo hijo ha sido expulsado por ser más trucha que su profesor de geografía. Mientras tanto, en el interior de un callejón, repleto de propaganda política y pornografía explícita, una mujer llora sobre un pedazo de cartón para no ensuciar su vestido Louis Vuitton. No cabe duda que los sentimientos siempre salen pero hay manchas que no se quitan.

Un hombre, bajo un inclemente sol y un semblante como recién salido del Rubicón, apunta al cielo como reinventando en pleno siglo XXI el método cartesiano. Su compañero a un lado lo mira con atención con una que otra muestra de escapismo en su mirada. "Estamos sumergidos en una fiesta de ególatras y es un requisito para el acceso que cada quien cargue con su espejo", sentencia el hombre de las manos levantadas, al tiempo que a lo lejos un policía es atropellado por una mujer que se miraba por el retrovisor en un caso de belleza intrínseca. La noche llega por fin, y ante mi se posa una postal sin igual: un hombre le canta, con una guitarra un tanto desafinada, a una luciérnaga que describe su luz pasajera entre la nebulosa de aquel calmo lugar. "La inspiración es una moneda de intercambio", escribí entre mi mano sin vacilar.

martes, 1 de julio de 2014

¿Por qué?

¿Por qué siempre ganan los mismos? Porque los mismos saben ganar partidos. Brasil, Alemania, Francia, Argentina y Holanda, equipos calificados a cuartos de final, tienen algo en común: todos fueron abofeteados, incluso exhibidos por sus respectivos rivales de octavos. ¿Qué pasó al final? Acabaron calificando. Como si hubiera alguna ley no escrita o divinidad que les protegiera de los embates del equipo de enfrente. Lo cual, tendría elocuencia en alguna novela de Cortázar.

El fútbol es realmente muy sencillo: gana quien mete más goles. Todo lo demás, es una adaptación de Shakespeare llevada al césped. Y los partidos de los mencionados equipos jerárquicos confirman tal argumento: hubo tragedia, hubo drama, hubo romanticismo, hubo prosa, hubo muchas cosas que agregaron sabor a cada uno de los encuentros. Pero al final, la pregunta sigue: ¿por qué ganan los mismos? Y, habría que ver, que en el fútbol también vale el egoísmo. No siempre se gana al estilo espartano. En ocasiones, hay que ir en contra de toda formación, en contra de toda indicación del entrenador, y hacer lo que mejor saben hacer los jugadores que son diferentes con la pelota en los pies. Freud habla de un ello, un yo y un superyó; y bueno, a veces, hay que ser un poco inconscientes para llegar al gol.

Así que, en el próximo mundial —y este epilogo va dirigido a quienes ya están fuera o para quienes no participaron de esta y puedan hacerla en la siguiente—, no olviden desempolvar las libretas y observar los apuntes que deja Brasil 2014 en sus instancias finales; el más importante: no puedes aspirar a un título cuando lo más cercano al peligro son los alaridos del público. Aquí el vox pópuli no cuenta. Definitivamente, en el fútbol la fortuna encuentra mayor terreno que la justicia pero al final resulta no ser factor determinante para ser participante una vez más.

domingo, 29 de junio de 2014

Así fue

Hoy 29 de Junio de 2014, México ha vuelto a hacer historia... de la negativa, lamentablemente. Por sexto mundial consecutivo México se queda en los octavos de final. Y hoy, más que nunca, no está de más preguntar: ¿qué nos hace falta para trascender a nivel mundial en un deporte tan arraigado por el mexicano? La respuesta, desde mi trinchera particular, está en la mentalidad. Porque al parecer en lo colectivo se ha dado un paso positivo. Hoy más que nunca vimos que en lo futbolístico se le puede competir a selecciones como la de Holanda pero ese paso a la gloria, el paso al podio para levantar la copa, está reservado para los que ven el séptimo partido como finalidad no como destino.

Si tuviera que hacer un breve resumen del partido, sería el siguiente: México insistente, Holanda paciente. Los nacionales dieron sus mejores golpes hasta que llegó el muy buen gol de Dos Santos. De ahí en adelante México se sintió cómodo y, conforme avanzaban los minutos, calificado (groso error del seleccionado). No se veía por dónde Holanda metería el gol. Aunque ellos pacientes, conscientes, sabían que tendrían una; que al final fueron dos. Los holandeses abandonaron su filosofía futbolística, sabedores que adelante tenían dinamita pura. Mientras tanto, México repetía los mismos errores que contra Brasil: hicieron que su portero se vistiera de figura. Ambos traicionaron sus estilos, es cierto, con la finalidad de ganar el partido. Pero a los nuestros les salió más caro, pues, no contábamos con el mismo armamento.

¿Será acaso que nunca daremos el gran paso en un mundial? ¿Será acaso que el fútbol nacional está destinado sólo a participar? ¿Qué nos falta para no repetir la historia mundial tras mundial? ¿Realmente estamos tan lejos de las selecciones de prestigio? Considero que las distancias no son tan largas aunque sigo viendo que la gran diferencia está en los pequeños detalles que nos hacen seguir con la etiqueta del eterno participante. Antes de mencionarlos, me gustaría decir que México tiene todo para sobresalir: afición, infraestructura, economía, una liga ya cimentada. Detalles nada mínimos si se busca apuntar a lo alto.

Ahora bien, considero que, una vez más, se hace mal uso de los recursos. Es como si tuviéramos un millón de pesos en nuestras manos y utilizáramos sus billetes para encender habanos o comprar productos que sacien un placer instantáneo. Pareciera que, el mayor pecado, es el déficit de memoria a largo plazo, de proyectos largos, del mexicano. Preferimos diez partidos innecesarios en Estado Unidos por unos cuantos dólares más en el bolsillo que dos partidos en el viejo continente, sudamérica o cualquier otra zona del planeta fuera de los habituales dominios.

Otro aspecto fundamental para trascender es tener una identidad al jugar. Y en México parece imposible pues técnicos y técnicos pasan sin respetar el proceso correspondiente. ¿Cómo encontraremos una manera de jugar a la pelota si los de pantalón largo se hacen pelotas, si no se permite que el director técnico deje su impronta? Podrá o no gustar, podrá o no ser útil, pero el dar continuidad es fundamental. Nada como permitir que los procesos se cumplan. Al final se hará el balance, se sacarán conclusiones, y se verá qué reciclar y qué desechar.

Un claro ejemplo son las selecciones menores que han sido campeones en sus categorías. ¿Dónde están esos jugadores? ¿Dónde quedaron esas generaciones de triunfadores? Pocos, realmente muy pocos, son los que llegan a cumplir con el proceso formativo. Y los que lo hacen, se desorientan o simplemente su rendimiento baja considerablemente. He aquí donde la mentalidad vuelve a girar alrededor de nosotros como fantasma en mansión embrujada. Debemos aprender, urgentemente, que no basta únicamente preparar a los jugadores de manera que sean eficientes con el balón en los pies; sino también con sus procesos mentales, anímicos, emocionales, fundamentales para el saber qué hacer cuando más apremia la pelota en los pies.

Hoy nos faltó temperamento en los minutos de mayor arresto y un poco de realidad. Sí, esa que dice: aún no hemos ganado nada. Nuestro primer agravio en estos cuatro años, ha sido creernos gigante del área. El segundo error, es creer que con tan poco tiempo alcanza para trascender. En este mundial se ha lucido bien pero el trabajo valdrá nada si no se aprende del esfuerzo realizado. Esperemos que esta eliminación a mano holandesa sea la primera piedra de un porvenir con mayor riqueza pero, claro está, este argumento lo hemos escuchado desde Estados Unidos 94 y no se ve por dónde la mejoría ha de llegar. Al parecer los discursos han cambiado. Sólo a base de tiempo y trabajo sabremos si las heridas se tornan, por fin, escamas.

¿Qué decimos?

Una vez más el arbitraje es punto medular de críticas. Se le ha acusado de robo a mano armada, entre las cosas atracadas, figuran: un par de goles en posición legal ante Camerún y un penal flagrante ante Croacia; ante Holanda, se ha añadido un penal marcado en los minutos finales ante un evidente clavado de Robben. Y, haciendo un ejercicio de honestidad, de insight, ¿es el arbitraje el verdadero culpable de esta tragedia nacional? La realidad es que no lo es. Pero esto de acusar es una manera de justificar el errático actuar y de paso, ser la víctima de un telenovela muy personal, matando dos pájaros de un tiro. Esto es una enfermedad nacional, casi tan milenaria como la cultura azteca o maya: la de culpar a terceros de cosas primarias.

Si empezáramos a hablar de justicia, nunca acabaríamos. Para unos, la justicia es una suerte de equilibrio; me quitas y me das. Para otros, la justicia es simplemente hacer lo correcto. Y así, nos iríamos recolectando conceptos para, quizá, no acabar jamás. Está más que claro que cada uno ve lo que desea ver, lo que a sus intereses beneficia, lo más fácil en la vida es culpar; lo más difícil es cargar con la responsabilidad del deber incumplido. Somos esclavos de nuestras pasiones. Somos subordinados en un escenario donde la razón cumple un papel secundario. Por eso nos sentimos ultrajados. Por eso nos sentimos atropellados. Por eso nos sentimos chingados.

Mira como es la vida y el fútbol, que nos ha dado seis veces la revancha y ninguna de ellas hemos aprovechado. Como en los penales, no mereces ganar cuando has errado tanto. Quizás es esa la reflexión más importante tras esta dolorosa derrota. El arbitro hoy no fue el villano. El malo de esta historia fuimos nosotros. Las cosas que se dejaron de hacer y que acabaron por deshacer toda ilusión de pronto. Dicen que el mexicano vive de fantasías y que en una de ellas juegan once contra once. Ahora habrá que esperar hasta 2018 para volver a nuestra Disneyland; donde La Plaza Roja y La Catedral de San Basilio aportará un escenario tan cercano al de Mickey Mouse.

¿Cómo lo vivimos?

Hay un afecto muy grande por la selección. Tanto así que no importó los malos resultados de las eliminatorias y la paupérrima participación en la Copa Confederaciones así como en la Copa de Oro. La gente estuvo presente y al pie del cañón, entonando el himno con fervor y prorrumpiendo los estadios con el ya mundialmente conocido grito de guerra. Pero, no hay mayor equivocación, que confundir un simple deporte con asuntos de nación, con asuntos que rebasan al deporte. A veces me da la impresión que se toma al jugador —y a veces al ciudadano mismo— como un soldado, como si este no tuviera mayor elección, mayor obligación, que la de estar presente cuando su selección le llame; sin poder hacer uso de la toma de decisiones personales.

Un claro ejemplo es el de Carlos Vela. El jugador de la Real Sociedad aún sufre el estigma de no haber querido ir al mundial. Acción que se tomó como ignominia, que se juzgó como anatema y que, al leer la postura de una mayoría mexicana, pareciera que jamás sera perdonada. También a quien no apoya a la selección en momentos mundialistas o en cualquier otra competición, se le mira como a quien ha faltado el respeto al lábaro nacional. Habrá mucha gente a quien no le guste el fútbol pero cada una de ellas sera enjuiciada en base al grado de solidaridad que muestren ante la participación en que la selección esté involucrada. Es como si el mundo tricolor estuviese situado en una dimensión alterna. En un mundo donde solo entran aquellos caudillos que estén dispuestos a dar su vida aun y cuando el barco se esté hundiendo.

Un aspecto más que me gustaría mencionar es el que viene de la televisión, con tanta campaña publicitaría que más que genuina arenga, parecería la más interesada adulación. Desde ahí se da un color a la selección que parece no desteñirse con nada, que parece ser incondicional, que parece no aceptar menos que la fidelidad. Un mensaje para nada acorde en un país donde aún se habla de una tierra prometida llamada democracia; donde la gente es libre de elección y decisión. Como siempre lo he dicho, todo ese circo mediático en el que está inmersa la selección termina en ocasiones por no ayudar; es, en un lenguaje muy simpsoniano, como vender tu alma al diablo por un Ferrari.

¿El quinto partido?

Considero que no hay carga más pesada en el fútbol nacional que el dichoso quinto partido, hazaña que sólo se ha logrado en casa (México 70 y 86). Cuando se acerca el momento del mundial, cuando éste está a la vuelta de la esquina, ese viejo trauma resucita; sí, trauma, porque más que encomiar a los jugadores a llegar a dicha meta pareciera encogerlos en instancias finales, ahí donde se empiezan a ganar los mundiales. Y todo eso se ha convertido en una loza mental a través de los años gracias a una obsesión por alcanzar dicho logro. Y quizá, uno de nuestro errores, uno de nuestros principales obstáculos, es dar vueltas sobre el mismo punto para acabar al final mareados.

Una sugerencia personal sería no pensar más en ello. No porque sea un imposible sino porque acaba por viciar, dañar una causa. Estar en octavos de final para el mexicano acaba por ser una costumbre tan típica como la del Día de Muertos o de la Santa Candelaria pero cuando se está ahí, pareciera que no se disfruta, pareciera que gana la angustia de estar en la antesala de una final muy de la conciencia mexicana. Generaciones pasan y lo único que no deja de pesar es ese morral acumulable con el paso de los años. En la realidad tricolor parece haber dos verdades: no faltar a un mundial y no olvidar que éste empieza con la llegada del quinto partido. Deberíamos de seguir el método de muchos otros equipos y seguir la más lógica de las lógicas: jugar el primer partido pensando en el primer partido.

¿Destino?

Se ha filtrado un dato que hace la comparación de la eliminación de Francia 98 a manos de Alemania con esta de Brasil 2014 a manos de Holanda. De todos los datos presentados —coincidencia en los cambios, minuto del gol mexicano y nacionalidad del arbitro—, el que llamó poderosamente mi atención fue el último: en los dos partidos, al rival le bastó un rango de diez minutos para dar vuelta al encuentro. Esto, una vez más, reafirma la idea de que nuestra mayor flaqueza está en lo mental. Basta un suspiro en un partido para echar abajo todo el esfuerzo, todo lo construido. Y una vez derrumbado, nosotros al unisono nos hacemos añicos. Lo que a los de verde cuesta sangre, sudor y lágrimas a los de enfrente les basta con un instante de concentración, de inspiración, para dar un golpe mortal. Y sí, nosotros no tendremos un Klinsmann o un Sneijder pero tenemos algo aún más fundamental: el conjunto; pieza medular en cualquier deporte.

¿Qué hemos hecho mal? Como lo he comentado ya con anterioridad, pensar que lo obtenido es suficiente. No se puede aspirar a más en una competición tan importante cuando a tu rival le basta con menos para dejarte sin más consuelo que el "pudimos haber hecho más".