En esta ciudad no es posible ser alto. Y no por genética, abstinencia o alguna legislación histérica. Es imposible porque no es concebible. Es una ciudad de roedores, gnomos, bichos y uno que otro dicho que nos hace aún más chicos. Aquí los asientos son estrechos porque no hay lugar para honduras, los techos son reducidos porque el cielo está lleno de esqueletos y la ropa es "a tu medida" porque "tu medida" es el "pan de cada día". Aquí no hay lugar para cambios o renovaciones, erupciones o negociaciones. Aquí todo fluye como fluyen los cedros.
Mi ego, alterego, hiperego, metaego, ultraego, superego, haste pendejo, no tanto y toda clase de epitafios de este cuerpo lacro, se manifiestan, organizan su cohorte. Algo pasa. Algo pasó. Algo pasará. Algo... Presencias del más acá, hazte pa' acá y demás arrimones mentales brotan de la cuenca tratando de escapar como en acto de ¡sálvese quien pueda! ¿Cobardía? ¡Jamás! El tablero es demasiado grande, el mundo acromático y mis espolones elásticos, elásticos. No corro, porque si corro me caigo. Y duele el madrazo.
Creer no es patología, la obsesión lo es. Creemos ser brújula de nuestros días. No lo es. Somos moléculas que chocan con moléculas generando reacción. Efecto domino. Basta un pendejo para apendejarnos. Basta un "qué mal día" para que nos "lleve la chingada" a todos. Hiroshima a la vuelta de la esquina. Daño colateral que fue sin querer porque ni queriendo saldría tan bien. De lo único que somos dueños es de dónde pondremos el pie al despertar si no es que antes alguien ya metió la pata primero.
¿Sabían que en México la muerte no existe? Nadie descansa en paz. Nos velan, entierran, pero no existe el "más allá" porque de los pies no nos han soltado. Somos ancla del vivo que muere con el tiempo. "Solo te nos adelantaste" exclaman, como si nos volviéramos a encontrar. Y no, no estoy muerto. Pero algún día lo estaré y me gustaría que supieras esto.